Nuestros testimonios vocacionales
Testimonio de José Alberto Torres
“Que Él crezca y yo disminuya”
José Alberto Torres Urbano, seminarista diácono

¿Cómo y cuándo sintió que Dios le quería para el sacerdocio?
Podría decir que Dios me ha estado llamando siempre. Su voz ha acompañado silenciosamente mi vida, aun cuando yo permanecía demasiado entretenido mirando hacia otros lugares y buscando en cosas pasajeras una felicidad que creía duradera. Sin embargo, incluso en esos momentos, el Señor iba orientando mis pasos a través de un deseo profundo: buscar el bien común por encima de los intereses particulares, detenerme ante las pobrezas materiales y espirituales que atraviesan nuestra sociedad, especialmente entre los adolescentes y las personas mayores. A ello se unía mi necesidad diaria de diálogo con Dios en la oración y en la Eucaristía, y la búsqueda constante de la Verdad y la Sabiduría divina. Todo ello ha ido configurando mi vida y mostrando, con suavidad y firmeza, que el Señor me llamaba a seguirle más de cerca como ministro suyo.
¿Qué saca de estos años de Seminario? ¿Qué le han aportado?
En mi vida hay un antes y un después de mi llegada al Seminario. Estos años han sido un tiempo de gracia, de crecimiento en la fe, en la formación humana y en la comprensión profunda de la vocación recibida. He aprendido a vivir en comunión fraterna, a compartir la vida con los hermanos, a conocer la riqueza de nuestras parroquias y la entrega silenciosa de tantos sacerdotes que sostienen la vida de la diócesis. Las experiencias pastorales, dentro y fuera de Sevilla, me han permitido contemplar la unidad y la universalidad de la Iglesia, y sentirme parte de un cuerpo vivo que anuncia a Cristo en todos los rincones del mundo.
Todos los que se ordenan suelen destacar un sacerdote o persona clave. ¿Cuál es su caso?
Me sería imposible quedarme con un solo nombre. Dios ha puesto en mi camino a directores espirituales, formadores y sacerdotes que han sido para mí luz, consejo y testimonio. Este año de diaconado ha sido especialmente significativo, compartiendo la vida pastoral con un párroco y un vicario que han sido verdaderos maestros. Guardo también con especial cariño la sabiduría de dos párrocos mayores, uno de Sevilla y otro de Madrid, cuyas vidas entregadas me han mostrado la belleza de identificarse con Cristo las veinticuatro horas del día. Sus relatos sobre sus años de Seminario, sus primeras parroquias y su camino de fe han sido para mí un verdadero tesoro. A ellos se suman los párrocos de mi pueblo natal y tantos sacerdotes y consagrados que, sin saberlo, han ido confirmando en mí la llamada del Señor.
¿Cómo le gustaría que lo reconocieran con el paso del tiempo?
Solo pido a Dios la gracia de ser un ministro ordenado digno, fiel a la Iglesia y profundamente unido a Cristo. Deseo anunciar la Buena Nueva con la convicción de que el futuro del mundo se sostiene en los valores del Humanismo cristiano, donde la dignidad de cada persona es reflejo del rostro de Dios.
¿Hay algún ámbito pastoral en el que crea que encaja mejor?
Tengo el corazón abierto. Allí donde el Señor Arzobispo y la Iglesia de Sevilla me necesiten, allí deseo ir con alegría, con confianza y con espíritu de servicio. Quiero trabajar por la construcción del Reino, llevando un mensaje de esperanza y aprendiendo de cada comunidad y de cada persona que el Señor ponga en mi camino.
¿Qué frase de la Sagrada Escritura destaca en este momento tan especial?
“Que Él crezca y yo disminuya, para que se manifieste plenamente en mí” (Jn 3,30). En esta frase encuentro mi verdad más profunda: Dios es el Bien, la Bondad y la Belleza, y yo soy solo un instrumento en sus manos.
¿Qué respondería a un joven que se plantea la vocación?
Le diría que se deje mirar por Cristo, que busque momentos de silencio, que rece con sinceridad, que participe en la Eucaristía y se pregunte dónde está su verdadera plenitud. Que no tema: cuando uno responde al Señor, no pierde nada, sino que lo recibe todo. Y que se deje acompañar por quienes pueden escuchar y discernir con él: un seminarista, un diácono, un sacerdote.
¿Merecen la pena los años de formación en el Seminario?
Sin duda alguna. El Seminario ha sido para mí una escuela de humanidad, de fe y de entrega, donde he recibido una formación integral para servir a la Iglesia del siglo XXI. Echaré de menos su vida fraterna, su ritmo de oración, su ambiente de estudio y su calor humano. Doy gracias a Dios por haberse detenido en mí y haberme permitido pronunciar un sí que deseo renovar cada día.
“Que Él crezca y yo disminuya” (Jn 3,30)